Movimiento social, proceso constituyente, y escenario político-electoral en Chile a fines del Gobierno de Piñera

Mucho se ha estado hablando por estos días de la situación de entrampamiento en que se encuentra el movimiento social y en especial su brazo más activo, el estudiantil. Cuestión que, sin dramatizarlo en exceso (los procesos históricos siempre tienen estallidos, reflujos, y planicies) claramente tiene algo de pertinencia, y se irradia tanto desde afuera hacia adentro de los movimientos, como desde la interna de las y los movilizados hacia el resto de la ciudadanía. Además, la violencia desencadenada en las últimas marchas, en especial la última del 8 de Agosto (simbólicamente a un año del inolvidable 4 de agosto del año pasado), es usada por los defensores del statu quo para apuntalar el inevitable estado de desgaste que toda movilización social tiene en algún momento, y las también evidentes diferencias internas dentro del mundo de los movilizados sólo vienen a acentuarse con las divergencias en torno a “las formas de la movilización”, y más en específico, ante las distintas posiciones que se tienen sobre el ejercicio de la violencia en el contexto de la protesta social, tema sin duda polémico, desde siempre y en todo lugar, y que da para un tratamiento mucho más complejo que la mera condena o criminalización fácil a la que nos hemos mal acostumbrado, por mucho que tantas y tantos se queden en eso como si tal postura fuera a solucionar en algo el estado de crispación y violencia social y estatal (punto infinitas veces omitido), que, con preocupación, vemos crecer en nuestro país. Pero es necesario no perder la mesura y la mirada de conjunto: buena parte de esa percepción ambiental es un intento generado desde las propias elites y sus aparatos políticos, represivos, y mediáticos, pues no es menor el miedo que tienen ante un escenario de movilizaciones y protestas sociales en medio de los tiempos electorales que se vienen

Y es que, más allá de todo lo anterior, tras ya dos años de un estado de casi permanente movilización, con un ciclo de manifestaciones y movilizaciones sociales inédito desde la caída de la Dictadura y que claramente ha evidenciado un progresivo cambio de escenario social, cultural y político en nuestro país, nos encontramos en las puertas de un período político en que las elites intentan retomar el control de la iniciativa política, y que, lo queramos o no, estará marcado por los escenarios electorales que culminarán recién a inicios del 2014, con la casi segura Segunda Vuelta Presidencial. Y ahí es donde se juega la principal debilidad para el movimiento social chileno, y más en general, para la ciudadanía crítica y movilizada que a pesar de su creciente presencia pública y capacidad de convocatoria y determinación de la agenda pública, adolece de expresiones electorales claras y compartidas, o, al menos, de espacios de convergencia, debate, o articulación política efectivos y realmente convocantes. Como contracara, tal cosa es de las principales fortalezas de la «jaula de hierro» con que cuentan las elites de nuestro país, a la hora de acallar, cooptar, o someter las posibilidades de un proceso constituyente y refundacional que inicie una nueva etapa histórica en nuestro país. En esa dirección están escritas estas líneas.

I. Sobre el trasfondo del apartidismo y la abstención electoral

Antes que todo, abordar las causas y motivaciones que están detrás de la altísima abstención o no expresión electoral nítida de los sectores de la ciudadanía más activa y organizada de nuestro país, cosa especialmente aguda en las nuevas generaciones. Es claro que tal situación (como casi todo en Chile) es fruto, de partida, de un conjunto de amarres y circunstancias elaboradas deliberadamente por la Dictadura cívico-militar y la derecha heredera de esos oscuros 17 años, y en especial, por los creadores de la arquitectura institucional aún vigente en Chile, con el máximo referente del fundador y referente de la UDI, Jaime Guzmán. El sistema electoral diseñado por él parece de una precisión tal que es imposible no reconocerle, aún desde la adversidad más radical a sus postulados, un grado de eficacia en sus objetivos que sorprende. Sin embargo, el tiempo todo lo corroe, y hoy nos encontramos con un aspecto crucial que ha sido modificado finalmente, tras años y años de postergación: tenemos por fin un padrón electoral universal con toda la ciudadanía residente en Chile (1). Ese factor, por sí sólo, ya significa un cambio de circunstancias gigantesco: más de 5 millones de nuevos votantes, venideros en casi su totalidad, de las nuevas generaciones que maduraron durante los años de los Gobiernos de la Concertación.

El otro factor, no menor, son las prácticas y decisiones políticas tomadas por la ex coalición gobernante, que en sus veinte años en La Moneda asumieron sin pudores uno de los modelos neoliberales más extremos de todo el mundo, lo que terminó desplazando a la ciudadanía y el sentido común mayoritario hacia cada vez más lejos de todo el espectro político dominante, cosa que tiene una especial fuerza y profundidad entre los sectores más organizados y movilizados de los nuevos jóvenes y adultos de todos estos años de «democracia de baja intensidad». Junto con un inicio donde explícitamente se la jugó por la desmovilización social y los consensos con la derecha y los militares, la Concertación funcionó hasta el último de sus días en La Moneda, como dique de contención y cooptación de las fuerzas sociales con potencial transformador, y el chantaje con el que pretendía tener el monopolio de la «alternativa a la derecha» fue usado hasta el hartazgo, hasta que dejó de servir en las pasadas elecciones del 2009. Sin aprender mucho de tal trayectoria de caída en las preferencias de la ciudadanía, ni siquiera en los elocuentes resultados de las encuestas (que la ponen aún por debajo de la ya baja aprobación al Gobierno y la Alianza), sigue con la misma arrogancia y falta de autocrítica de siempre, atacando todo intento de construir expresiones por fuera de ella como «hacerle el juego a la derecha», y recurriendo a la caricatura del «Cura de Catapilco», y otras trampas argumentales similares. Lo cierto es que, afortunadamente, cada vez son más los que tenemos la convicción de que en Chile uno de los principales obstáculos políticos a la existencia de una real opción que enfrente el poder de las derechas y los poderosos, es la sobrevivencia del poder e incidencia de las dirigencias de la propia Concertación, y que aún sus integrantes más «de izquierda», están lejos de estar en una posición asimilable a la de un Salvador Allende en 1958, cuando los 40 mil votos del Cura Antonio Zambrano fueron acusados de impedir el triunfo del Frente de Acción Popular de Allende ante el derechista Jorge Alessandri (aunque en rigor el peso de la Democracia Cristiana, que sacó 6 veces más de votos que Zambrano, con el 20% de los votos, fue sin duda un factor más relevante). Así, a pesar de las defensas y excusas de última hora que han venido esbozando, lo cierto es que en cuanto a la expansión de la abstención política y electoral, la Concertación no sólo fue “insuficiente” o “atada de manos” por la derecha, si no que, al contrario, la promovió como si fuera una virtud de su «modelo», incluso señalándola, con orgullo, como un factor de estabilidad, gobernabilidad, y “señal de que las cosas se estaban haciendo bien”.

Yendo a un fenómeno actual, de creciente presencia en la escena mediática y electoral, la pretensión presidencial de Franco Parisi ha venido a expresar algunas facetas del fenómeno aquí descrito, más que por su peso político propio, por las circunstancias y elementos que subyacen a su irrupción en las encuestas. Le disputa electores a todas las candidaturas previas, ya sea porque empatiza con la pérdida de legitimidad y crisis de representación de la clase política, como porque apunta a factores claves en los que la chilena y el chileno promedio siente, con absoluta razón y de múltiples formas, que «nos están cagando y el país está forrado en plata». Ha logrado sintonizar con el sentido común ciudadano, que ha aprendido tras años y años de adoctrinamiento, que la economía neoliberal y la teoría económica repetida por los medios de comunicación y los «expertos en economía» es sobretodo una fachada para intereses ajenos, por mucho que vengan vestidos de títulos académicos en Estados Unidos y Europa, premios en las instituciones económicas globales como el FMI o la OMC, o investidas de una supuesta «responsabilidad» y carácter técnico, cosa que tanto pusieron sobre la mesa los Ministros de Hacienda y Economía de los Gobiernos de la Concertación (Foxley, Aninat, Eyzaquirre, Velasco). Sin embargo, queda claro que los nudos de tensión que vive nuestro país van muchísimo más allá que una mera «defensa de los consumidores», como pareciera querer expresar Parisi, pues precisamente el giro que ha venido tomando la temperatura social en Chile va dejando atrás la hegemonía cultural del neoliberalismo y sus lógicas individualistas, mercantiles, privatistas. Su cercanía con ese ideario, que sin duda aún permea buena parte de la sociedad y el sentido común dominante, lo coloca como un Candidato que probablemente capte apoyos en importantes sectores de votantes desencantados con los bloques políticos dominantes, y aunque aún no quieran reconocerlo a cabalidad, pone en relativo peligro el apoyo de ciertas franjas de votantes hacia la Candidatura de la derecha gobernante, sea cual sea su Candidato.

II. Los movimientos de restructuración del mapa político

En estos últimos meses, el diálogo y acercamiento entre la DC y RN (y sus Presidencias, Ignacio Walker y Carlos Larraín), asoma posiblemente como el dato de la política dura más relevante del momento en cuanto a sus posibles proyecciones e implicancias. En los medios y la prensa política, tal cosa ha sido a ratos subestimada, colocándola sólo como un tema de negociación sobre temas puntuales (las reformas al Binominal en especial), o señales de coqueteos propios de la personalidad del Presidente del Partido del Presidente de la República. Este punto aún parece estar subsumido bajo el pacto de Gobierno que liga a RN con la UDI y La Moneda (donde como es sabido la hegemonía del Gremialismo ha descencadenado varias fricciones entre Piñera y la mesa directiva de RN), pero de todas formas, revela el hecho de que por debajo del simulacro de fuego cruzado que a ratos asoma en la escena política (el debate por el Salario Mínimo ilustra bien este punto), los intentos de recomposición de un nuevo pacto de gobernabilidad se están tejiendo superando todo tipo de limitaciones «binominales», y abarcan desde un Escalona yendo a rendir cuentas y proponer salidas ante el mísmisimo Comité Ejecutivo de la CPC, hasta a un Luksic poniendo a Nicolás Eyzaguirre a la cabeza de Canal 13, nítido guiño y señal hacia el mundo de Bachelet de la mayor riqueza del país.

Junto con lo anterior, las Cartas de Bachelet y todas sus señales (partiendo por sus silencios ante los conflictos y movilizaciones sociales del país), apuntan a reafirmar lo obvio: su Candidatura se apoyaría en el eje DC-PS y no en una pretendida opción «ciudadana» que parece no tener mayor sustento que los deseos de los actores del «progresismo bacheletista» (o dicho de otra forma, de la izquierda concertacionista), cuestión que se abordará en el párrafo siguiente. Seguramente esos movimientos transversales que intentan recuperar la iniciativa política de los poderosos y de intentos de instalación de un nuevo pacto de gobernabilidad, son los que más interés y apoyo suscitan en los actores externos dominantes de la escena global y en especial desde los Estados Unidos, que monitorean la situación chilena desde cerca: una «desestabilización por izquierda» en Chile sería mucho para un continente que tiene ya muchos actores y dinámicas que se les han venido escapando de su control.

En el mundo de las fuerzas ubicadas más hacia la izquierda concertacionista (y su extensión al PC, que ha pasado a esa órbita de manera nítida tras su entrada al Parlamento y últimos acuerdos electorales), a pesar del indiscutible auge de movilizaciones y movimientos sociales que han tenido al Gobierno de Piñera ocupando buena parte de sus tiempos y energías respondiendo y reaccionando frente a los sucesivos conflictos que le han salido al paso y que lo tienen con niveles de reprobación históricos, predomina una actitud a fin de cuentas dependiente de la decisión que tome el curso de los acontecimientos, en especial, la decisión de Bachelet de ser Candidata o no. Situación lamentable, bastante penosa, donde los intentos de reconstrucción y ruptura definitiva con las ataduras y traiciones programáticas y también en muchos casos hasta éticas que marcaron su pasado reciente y no tan reciente (que son más allá de sus excusas las causas reales de su derrota electoral del 2009), siguen estando condicionados y determinados por el riesgo de “no hacerle ruidos” a su carta presidencial, limitados a vagas y apocadas declaraciones de autocrítica (si es que alcanzan para ello), o a eventos de dudosa eficacia y proyección real en el mundo social organizado (como el «Diálogo Ciudadano» convocado en el ex Congreso Nacional), y que, para más remate, tienen en la alianza sellada a fuego entre el PS y la DC, y la evidente pertenencia de Bachelet a ése espacio, un obstáculo insalvable.

Así, por mucho que en este mundo se ilusionen con una nueva campaña y Gobierno de Bachelet apuntando a «lo ciudadano» tal como el 2005, pero «ahora sí que sí»(2), el núcleo duro de su eventual Candidatura se apoya en ese eje donde difícilmente se ve algún lazo genuino con aquello que ha venido pasando en el mundo social estos últimos años. Basta imaginarse qué ocurriría en una escena de un Escalona, un Andrade, o un Walker, caminando en una marcha estudiantil. Y es a ellos, y nadie más que a ellos, a quienes les ha dirigido sus comentadas Cartas, cosa que es especialmente grave atendida la subordinación que se ha venido mostrando por ya demasiados años, de parte del PS hacia la DC. El cuadro se completa con los aludidos acercamientos entre ésta última y RN, y los movimientos “más allá de los partidos” que tejen las dirigencias empresariales y grandes grupos económicos, en la dirección de controlar y someter la compleja coyuntura social y política que ha venido desatándose.

En ese escenario, dentro del ámbito de esa “Concertación ampliada” aquí descrita, las elecciones de Concejales se consideran como medición de fuerzas en esta disputa sobre el futuro de la coalición, pero de igual forma, todos saben que las opciones que tome la Directora de ONU Mujer son más determinantes que los porcentajes electorales que obtengan: PPD, PRSD, PC e IC (la Izquierda Ciudadana de Aguiló, reconocidamente bacheletista) por un lado, sector que amaga con un «frente de izquierda» donde hay sectores que dicen estar dispuestos a llegar igual a la Primera Vuelta Presidencial si es que no reciben las señales esperadas de Bachelet (algo así como la de Arrate en la elección pasada, con apoyo asegurado a Bachelet en la Segunda Vuelta), y el PS y DC por la otra, que no tienen pudor en seguir llamándose «Concertación Democrática», aunque para muchos tal nombre parece ya una contradicción en sí misma. En los primeros, tienden a sumarse, aunque no de manera tan clara y resuelta, el MAS del Senador Navarro, el que, al menos en estas elecciones, se ha movido a una alianza con el Partido Humanista. También se dan situaciones de Candidaturas que, aún viniendo de espacios autónomos a la Concertación y críticos a la opción por Bachelet, han entrado en la Lista del bloque PPD-PRSD-PC-IC, pero seguramente esos esfuerzos deberán decantar en posiciones más claras una vez que el escenario político, en especial el presidencial, quede más delineado.

III. La construcción de alternativa política al esquema binominal

En el mundo fuera del duopolio anteriormente reseñado, como opciones electorales quedan por mencionar los partidos Progresista PRO, Ecologista Verde, e Igualdad. Los dos primeros van en lista unitaria, en conjunto con el Partido Mapuche Wallmapuwen (en proceso de legalización), los Socialistas Allendistas, y movimientos independientes y espacios regionales. Los resultados de esta Lista, por los antecedentes previos y su presencia e inscripción en casi todas las regiones del país, asoma como uno de los datos más esperados por el conjunto de los actores y análisis. Hasta el día de hoy, desde muchos espacios se ha subestimado y ninguneado la relevancia del PRO, y antes, la significancia histórica del 20% obtenido por su ahora Presidente, en las elecciones presidenciales del 2009. Lo cierto es que la Candidatura Presidencial de Marco Enríquez-Omimami, que se mantiene en pie, no sólo fue vital para expresar electoralmente el creciente descontento ciudadano frente a la alicaída Concertación y poner en el tapete electoral temas que han sido centrales en los escenarios políticos posteriores (Educación Pública, Reforma Tributaria, HidroAysén, reformas políticas), si no que además movilizó a una franja no menor de movimientos y ciudadanos de a pie, y fue quizá el principal factor que impidió que Piñera ganara en Primera Vuelta. Las dificultades de las circunstancias en que se ha puesto a prueba su liderazgo no han sido menores, y tuvieron en la coyuntura de la Segunda Vuelta pasada un momento de extrema complejidad, donde todas sus opciones posibles dejaban heridos y flancos abiertos a la crítica y el rechazo, y a pesar de todo eso, con posterioridad él y una parte de sus núcleos de campaña han logrado encabezar la construcción y legalización de un Partido en casi todas las regiones del país, en un escenario extremadamente difícil para eso.

En lo más reciente, la Concertación ha intentado someter al PRO al chantaje que ha repetido una y otra vez contra todo aquél que intente entrar en las elecciones desde una posición de autonomía frente a ella: «o estás conmigo o estás con la derecha», cuestión curiosa, dada la amigable convivencia y la «política de acuerdos» y verdadero Cogobierno que caracterizó sus 20 años en La Moneda. A pesar de eso, esta Lista decide competir en unas 100 Alcaldías (provocando grave daño sobretodo a la DC en al menos 30 Comunas, algunas bastante referenciales), y llevar más de mil candidatos a Concejal. El resultado que consiga este espacio (que además del PRO integran las fuerzas mencionadas), su capacidad de apertura a las fuerzas y movimientos sociales, y sus posiciones actuales y futuras, serán fundamentales en la configuración de esta nueva etapa política que se abre, en especial si logra construir posiciones de autonomía y fuerza propia frente a la vieja Concertación, por mucho que sea necesario el diálogo o las convergencias puntuales o programáticas con ella o parte de ella, y en especial aquéllos acuerdos que permitan ir abriendo paso a un proceso constituyente genuino y efectivamente democrático (cosa que vale para el conjunto de los actores que intentan constituirse en alternativa al esquema binominal), como podrían ser acuerdos en lo parlamentario que viabilicen el fin del binominal y la preparación del camino legal y constitucional hacia tal proceso de transformaciones radicales de la institucionalidad vigente.

En menor magnitud en términos de números y de su impacto total en términos puramente electorales, la construcción y legalización del Partido Igualdad expresa, por su parte, a un número interesante de organizaciones y movimientos populares, siendo expresión (junto a otras expresiones en que tal proceso está más incipiente) de una genuina voluntad de autorrepresentación política-electoral en espacios e identidades en que tal cosa suele ser vista con distancia y una menor desconfianza y pasividad. La consolidación de este espacio político nuevo (junto al mencionado en el párrafo previo) tiene una relevancia más allá de los porcentajes que obtenga en esta elección: expresa la necesidad del movimiento social de superar el abstencionismo electoral esbozado anteriormente. Tal cuestión ha venido cobrando fuerza en un número indeterminado de organizaciones más pequeñas de izquierdas, en muchos organizaciones sociales con vocación política pero aún a mitad de camino a la hora de expresarse política-electoralmente, y permea también hacia algunos referentes emergidos de ciertos movimientos sociales, en especial del estudiantil, como la Unión Nacional de Estudiantes, Izquierda Autónoma, o Revolución Democrática, para nombrar los más referenciales, por ahora (3).

IV. Ideas para un genuino proceso Constituyente y refundacional

Dado ese escenario, algunas ideas a modo de provocación y materiales para el debate (algunas de estas ideas están desarrolladas en Apuntes para una mirada proyectual hacia un nuevo proceso constituyente en Chile). De partida, es evidente el intento de muchas de las fuerzas conservadoras por iniciar un período de cambios «gatopardistas» con que contener la coyuntura política generada desde las movilizaciones sociales y el mayoritario rechazo de la ciudadanía hacia los esquemas instituidos. Un punto central en que se ponen en juego esas estrategias, está en la forma en que entienden los distintos actores la creación de una nueva Constitución. Ya vimos cómo, a modo de ejemplo, Camilo Escalona (a quien sensatamente nadie podría negarle su condición de «vocero tapado» de Bachelet y su eventual Candidatura) ha propuesto una Comisión Bicameral integrada desde el mismo Parlamento actual. En otras palabras, este nuevo proceso constituyente tendría sus manos y pies atadas al poder instituido por la Dictadura. Las dirigencias concertacionistas que han declarado su opción por la Asamblea Constituyente (en general, algunas de las pertenecientes al bloque PRSD-PPD-PC-IC) deben ser más claras a la hora de rechazar de plano aquélla opción, y esa contradicción interna debería ser el punto principal de sinceramientos y posibles tensiones entre los apoyos a la eventual Candidatura de Bachelet, o de cualquiera que surja desde las filas de la Concertación.

Lo anterior no es un capricho, ni es una cuestión de meras «formas», como algunos ya intentan sugerir. En esto, la forma es el contenido, y la meta es el camino (y viceversa): en cuanto a la nueva Constitución, los movimientos sociales y las fuerzas genuinamente pertenecientes a una vocación de transformación progresista, libertaria y de izquierdas para nuestro país, no sólo debemos poner como requisito fundamental la formación de una Asamblea Constituyente, si no que además, ésta debe estar enmarcada en un proceso político más amplio que incluya formas de participación política popular inexplorados e inéditos en la Historia de Chile. Hay que ser claros: este proceso constituyente y refundacional no se debe ni iniciar ni terminar en una convocatoria a elecciones para una Asamblea Constituyente. Las experiencias contemporáneas en nuestro continente (Venezuela, Ecuador, Bolivia), o la más reciente aún, de Islandia, dan luces de posibilidades sobre eso, pero aquí el llamado debe ser a multiplicar y potenciar al máximo la imaginación y creación política de las y los movilizados. Asimismo, es necesario también instalar la urgencia de afianzar nuestras referencias individuales y colectivas que puedan disputar efectivamente las eventuales elecciones a esa Asamblea Constituyente, si no queremos que ésta se integre finalmente con un esquema que vuelva a reproducir el duopolio binominal actual, por mucho que se intente disfrazar o retocar con un sector minoritario de «nuevas caras».

Para impulsar todo lo anterior, se hace a cada paso más necesario encontrar marcos de convergencia y sentido unitario entre todas y todos quienes estemos por un proceso de esas características, que derrote no sólo a los conservadurismos más reaccionarios, si no que, también, logre superar a las pretensiones gatopardistas que sin duda serán predominantes entre las elites y dirigencias tradicionales en la era que se abre. Bajo ese acuerdo de empujar los límites de lo posible, de propiciar un cambio sustancial y no cosmético de reglas y correlaciones de fuerzas y poder, construir (o al menos dar pasos hacia) un instrumento común, unitario y amplio, es fundamental y prioritario: hay que superar la demanda general y a ratos un tanto abstracta e indefinida por una Asamblea Constituyente (la cual perfectamente podría ser copada por las fuerzas más conservadoras), y partir por construir avances efectivos en la articulación de los actores que estamos por hacerla realmente un momento refundacional y que marque un hito de inflexión en la historia de nuestro país. Un espacio unitario que aglutine a la totalidad de las fuerzas sociales y políticas sería lo ideal, pero también son un avance hacia eso, el ir aglutinando las fuerzas existentes en espacios cada vez mayores de acuerdo a las afinidades y corrientes existentes. Se hace necesario estudiar y debatir las formas y mecanismos de decisión y deliberación de ese (o esos) espacio(s) unitario(s), el cómo se integrarán sus órganos de vocería y dirigencia, los controles internos, el acuerdo programático básico, el cómo se relacionarán dentro de él las fuerzas políticas y movimientos sociales más grandes con las orgánicas y espacios de menor magnitud. Construir una unidad en la diversidad, aprender a expresar políticamente las diferencias, superar la negación fácil de la legitimidad o validez de las otras posiciones, encontrar los puntos de encuentro y la subordinación a estos de las diferencias que siempre existirán.

Como siempre, tales cosas no pueden ocurrir en el vacío: sólo pueden suceder en el trabajo mutuo, en la generación de confianzas y el verse las caras, y en esa dirección, buena cosa sería ir generando hechos e iniciativas que apuntalen ese proceso, como la iniciativa de la Cuarta Urna, el fortalecimiento de instancias territoriales, o la formación y apoyo a las Candidaturas en este período electoral que se abre, que sean leales y pertenecientes a este esfuerzo común en construcción. Afortunadamente, todas esas cosas ya están sucediendo, pero quizá lo concerniente a lo electoral sigue siendo el principal tope y causa de distancias, desconfianzas y divisiones, cuestión que es imprescindible lograr visualizar y comprender, para ir superando esas debilidades antes que los poderes instituidos coopten, controlen, y manipulen a su beneficio la coyuntura constituyente en curso. Es tiempo de afrontar nuestra principal falencia política.

Héctor Testa Ferreira.

(1) Sobre la necesidad del voto chileno en el exterior, ver Derecho al Voto en el exterior: el reconocimiento a una ciudadanía universal emergente.

(2) VerA un año del Gobierno de Bachelet…y el Progresismo, ¿Dónde está?«, de Marzo del 2007.

(3) Sobre el movimiento estudiantil, la histórica movilización del 2011, y sus raíces, ver «El descontento desbordado, el movimiento estudiantil, y el nuevo Chile», Agosto de 2011.

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3 Responses to Movimiento social, proceso constituyente, y escenario político-electoral en Chile a fines del Gobierno de Piñera

  1. Pingback: Visualizando pasos. Más que una Asamblea, un Proceso Constituyente | Blog personal de Héctor Testa Ferreira

  2. Avatar de Alberto Alberto dice:

    No hay forma que escriban lo mismo en la mitad de lineas? a «vuelo de pajaro» estoy de acuerdo, voy ahora a preparar un cafe,desconectar el telefono y tratar de leer todo de nuevo

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